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jueves, 30 de abril de 2015

Quiero ser sensible

Durante toda mi vida me consideré una persona extremadamente sensible; sentía y vivía cada situación intensamente, como si el mundo se acabara en ese momento. 

Cuando sufría, lo más profundo de mis entrañas se removía y daba paso a un torbellino de sensaciones y reacciones que en muchas ocasiones derivaba en daño, sobre todo para mi. 

jueves, 11 de diciembre de 2014

El día que decidió saludar.

Recuerdo la tarde que nos encontrábamos en el parque San Telmo y me hizo correr detrás de una ciclista porque quería saber su nombre. 

Primero corrió él, lo más rápido que pudo... Y cuando parecía desfallecer me miró con cara de súplica porque quería alcanzar su meta. Con su hermano en brazos corrí y corrí hasta que pude decir: "¡perdona! El niño quiere preguntarte algo"... Y él preguntó:    "¿Cómo te llamas tú?". La chica respondió y él dijo: "estoy encantado de haberte conocido".

Se habían tropezado en la otra punta del parque, y la chica, con una sonrisa muy dulce le había preguntado su nombre y tras escuchar "Soy Juan", siguió pedaleando. Y él quiso saber su nombre. Quiso saludarla y quiso ser amable con ella. Si alguien me cuenta que esto iba a suceder algún día no habría dado crédito. 

Me ponía en la piel de su familia, mi familia, cada vez que querían darle un beso y él se negaba. Entendía que ellos necesitaban demostrar su amor, ser cercanos con aquel bebé que había llegado a la familia y por el que tanta felicidad sentimos. Entendía que ellos buscaran la manera, su manera, de sacarle los besos y las sonrisas, de sentirse a su vez queridos por él. 

Entendía, sobre todas las cosas, que aquel bebé, mi bebé, tenía otras necesidades y un modo distinto al que culturalmente estamos acostumbrados de comunicarlas, de transmitir sus emociones y también su rechazo. Entendía que por esa misma cultura no estamos acostumbrados a que "se le permita a un bebé" dejar de saludar, o incluso manifestar abiertamente que no quiere hacerlo, porque es de mala educación y se hieren los sentimientos de los otros, y por tanto que se cuestionara mi modo de "permitir" a mi hijo expresar sus emociones. 

Mi modo de actuar, a veces no tan empática con los demás ya que mi condición humana es una realidad y hay situaciones en las que me sorprendo a mi misma de nuevo con ese carácter fuerte y tajante, era explicar en voz alta y en general al aforo presente que a Juan no le apetecía saludar, que no quería estar en ese sitio, que podría estar cansado, o simplemente que estaba centrado en otra cosa, en función del contexto en el que sucedía, y que, cuando le apeteciera, saludaría.  Él se abrazaba fuertemente a mi y me miraba. Le acompañaba, le explicaba que los demás querían demostrarles su amor o su simpatía, que él podía no saludar si quería, y que yo aceptaba su emoción. Y a mi familia, su familia, le explicaba nuevamente si era necesario, si yo lo necesitaba. 

Había sido "educada" con él, había estado pendiente de cómo se sentía y no había violentado una situación. Puede que por ser un bebé no se vea que eso es lo que sucede y se pueda pensar que en realidad "no estamos enseñando al niño a empatizar, a convivir, a respetar..." Y esa reflexión me trae de nuevo la frase tan reveladora que leí de Virginia M. Axline "Nadie conoce sobre el ser humano tanto como el propio interesado. La libertad responsable crece y se desarrolla desde dentro de la persona. El niño debe aprender primero a respetarse a sí mismo, mediante la sensación sentida de dignidad que brota de la comprensión de sí mismo, antes de que pueda aprender a respetar las personalidades, los derechos y las diferencias de los otros". 

Total, que hace unas noches mientras hablaba con su padre en la cama antes de dormirnos, le contaba que quería escribir sobre esto, sobre cómo realmente sí había decidido saludar y ser amable o simpático o empático con los demás. Y su padre había visto esa misma evolución. Lloramos entre risas contándonos situaciones en las que participa de este teatro de la vida, de este compartir y hacer ver a los demás que sí les importa... 

Recuerdo a mi bebé de 18 meses cerrando la puerta a su yeya (que tanto tiempo dedico a su cuidado con entrega y cariño) a la vez que decía: "vete yeya, no vengas a mi casa" y le veo ahora mirarla con brillo en los ojos y decirle: "¡hola yeya! Te he echado mucho de menos... ¡Te quiero hasta el infinito y más allá!".... O llegar a casa de su abuela Pino, a la que en otro momento a duras penas miraba o daba un beso, entrar en la cocina y decirle: "¡hola abuela! ¿Qué estás haciendo?" Y plantarle un beso en la cara. Sin guiones ni obligaciones, y por tanto puro, limpio y desde el corazón, desde dentro.

Termino con el tintineo de su voz en mi cabeza diciendo: "¡Hola señor! ¡Hola chica! ¡Hola niño!"... Y pienso que definitivamente sí, ha decidido saludar. 

jueves, 17 de enero de 2013

Acompañar a nuestr@s hij@s mientras ven la tele o leen un libro...Texto de la revista Mente Libre

Ayer leía este artículo escrito por Elena Mayorga; publicado en la revista Mente Libre en septiembre pero que ayer rescataron por las redes sociales.

Me apetece compartirlo porque coincide con mi manera de entender y actuar con mis chiquis, y para no liarme y dejar que disfruten de su lectura, les copio el comentario que dejé en el artículo:

"...Me ha encantado el artículo… Identificado mi día en tu relato: Juan, de dos años y medio, y Pablo, de 14 meses, esta mañana vieron unos 40 minutos de tv de unos dibujos que les encanta! Y del que además, como dices, han aprendido vocabulario y/o expresiones que en casa no se utilizan habitualmente pero que a ellos les resulta graciosas o llamativa… (Hablo en clave positiva, porque seleccionamos entre ellos y nosotros lo que ven en la tele, de manera que si sabemos que son dibujos violentos les explicamos por qué no nos gustan, etc., y si aparecen en la tele cuando termina lo que están viendo, Juan apaga la tele y me dice: mamá a mi tampoco me gustan porque se hacen daño…)También fuimos a los jardines de un parque maravilloso que tenemos cerca, a ver la cascada y darle de comer a los pájaros, a columpiarnos, ayudaron al encargado del parque a limpiarlo, hicimos gestiones en el banco, fuimos al súper… Y por la tarde jugamos a contar historias con sus marionetas de dedos, leímos algunos cuentos, y nos inventamos otros en la ducha… En fin… Que coincido contigo en lo que expresas y si no te importa me encantaría hacer una entrada a mi blog comentando y reseñando la tuya..."

http://www.mentelibre.es/?p=1846

lunes, 9 de julio de 2012

Jugar con nuestro/a peque ¿nos ayuda a crecer?.

Esta semana ha sido muy importante para mi por muchas circunstancias personales y profesionales, y cada día he intentado crecer un poquito más... pero tengo la sensación de haber dado un "estirón", un paso más, un salto de madurez...

Gran parte de esa sensación ha venido dada por las experiencias compartidas esta semana con las familias que asisten a los talleres: en este caso todas madres con ganas de dedicar tiempo de calidad a sus niños, de entenderlos, de saber descifrar qué les gusta y poder ofrecerles lo que demandan. Mamás con ganas de ver crecer felices a sus hijos, pero también con la ilusión de crecer ellas junto a ellos, de aprender, de disfrutar... y eso me ha llenado el alma. ¡Son unas mamis muy lindas y grandes!... las admiro a todas.

Jugar es importante para el niño/a, para su desarrollo físico, psíquico y emocional... pero también para nosotros. Nos gusta conectar con nuestros hijos, sentirnos importantes para ellos y hacerles sentir que también ellos son importantes para nosotros, buscamos la manera de alimentar ese amor que existe en la familia, de generar situaciones divertidas y desinhibidas y ofrecer lo más puro de nosotros... y ahí es dónde aparece el juego. El juego nos ofrece esa mirada limpia, esa hoja en blanco en la que todo es posible, todas las historias y los personajes. Es en el juego dónde las emociones no tiene límites, dónde un elefante puede jugar al fútbol o una barco volar... dónde podemos reinventarnos y descubrir cómo crecer junto a ellos. Muchas veces he hablado de observar a los niños/as, de estar atentos a sus llamadas y descubrir sus intereses, pero... ¿nos observamos a nosotros? ¿qué actitud tomamos ante y durante el juego? ¿sale el/la niño/a que llevamos dentro y que seguimos siendo?

Hablando con esas grandes mamis, descubría esos límites que nosotros mismos nos ponemos... me sorprendió un comentario que hizo una de ellas (a la que por cierto tengo mucho cariño... V.): "es que yo siempre he sido muy correcta, siempre he guardado las formas... y me cuesta sacar esa niña y sobre todo delante de la gente"... pero sus ojos iluminados mientras miraba a T. riéndose con mamá pata... delataron a esa niña... a esa mami llena de amor, de ganas de estar con su peque y compartir tiempo, vivencias, sonrisas, canciones... esa mami con la ilusión de crecer junto a su bebé.

Y ¿cuál es la clave? ¿qué podemos hacer? de momento, para empezar y como digo coloquialmente... "¡soltarnos la peluca!", sentarnos a su lado, poner "el culo" en el suelo y nuestros ojos a la altura de los de ellos y... ¡fluir!... saldrá ese niño/a interior que también quiere crecer, que ha encontrado un nuevo compañero de viaje a modo de hijo/a del que cogerse de la mano y aprender, con quién vivir aventuras y explorar nuevos caminos. Y por supuesto, no te olvides de escucharle y observarle para que también él/ella pueda crecer.

martes, 19 de junio de 2012

Observar, jugar y aprender

Cuando nos convertimos en madre, padre, o educador de un pequeño, muchas veces y sin quererlo tendemos a comparar sus "hitos", sus avances y logros, con el del resto de niños que nos rodean. En ocasiones podemos incluso cuestionarnos nuestra labor como mediador o guía en esta fase de crecimiento y aprendizaje al ver que nuestro/a pequeño/a no hace lo mismo que los demás o no le interesa las mismas cosas. Y aunque sabemos que no existen dos seres humanos idénticos en ese momento parece que no lo recordamos y podemos incluso frustrarnos.

Observar a nuestro hijo/a se convierte en la clave del éxito.

¿Éxito? Sí, el éxito de conocer mejor a nuestro pequeño, sus gustos, intereses, prioridades... y saber ofrecerle alternativas de juego y ocio acordes a estos. Una manera más de vincularnos a él desde el respeto y ofrecernos como acompañantes en esta aventura de crecer y también en la de aprender.

Hace unos días participando en un congreso fabuloso (I Congreso Nacional Maternidad Multitarea), hablando en clave de educación y procesos de aprendizaje, varios de los ponentes hacían referencia a esta acción tan importante: OBSERVAR. Y, observar, también es parte fundamental para diferentes autores de diversas corrientes pedagógicas: José Antonio Marina y su "Educación para el talento", Sir Ken Robinson, Howard Gardner y la "Teoría de las Inteligencias Múltiples", y algunas más antiguas como el Método Montessori, entre otras. 

Pues eso, en observar está la clave. Pero, ¿cómo? ¿qué hago? ¿cuándo?... más y más dudas. A lo largo del día observamos de manera natural si al peque le apetece o no comer, si le ha gustado la comida, si necesita dormir, si quiere un abrazo o si por el contrario necesita su espacio. Con el juego es lo mismo: ver, sentir, ponernos en su piel, valorar, preguntar... todo de manera natural, espontánea, como espontáneo es el niño y el propio juego.

Quizás tenemos en nuestra cabeza la idea equivocada, yo la primera, de que jugar con el niño es básicamente coger un juguete y explicarle cómo se utiliza, dónde van las piezas, cuál es su correcta utilización y cómo no debe usarlo... y es en todo ese "trajín" dónde se pierde esa esencia de observar, de conocerle y por qué no decirlo, de aprender también de él. No quiero decir con esto que no juguemos con nuestros niños, que no interactuemos o que no expliquemos los usos de ciertos juguetes, ¡claro que no! nosotros somos su modelo, aprenden observándonos y compartiendo estas experiencias con nosotros. A lo que me refiero es que debemos quitarnos la loza de guiar al niño y enseñarle, y dejar que experimente y descubra por sí mismo. Cada cosa tiene su momento, y tienen que tener ese momento de exploración sin que se les juzgue, limite o se le guíe.

En esos ratitos en los que tiene "el mundo a sus pies", en el que decide qué y cómo utiliza, en el que un pedazo de papel se convierte en un coche o una pelota en un perro... es cuando realmente podemos observar. Su imaginación no tendrá limites y sacará su yo interno, el que desea ser un pirata o una jugadora de fútbol, el que ama los animales o prefiere contemplar las estrellas, el que canta a ritmo de tambores o   le entusiasma contar cuentos. el que ordena los elementos de manera muy estructurada o el que el caos es su orden... Nosotros desde la distancia le miramos descubriendo sus inquietudes y asimilándolas... eso es observar. Pensamos qué juegos ofrecerle, qué actividades proponerle y cómo preparar su entorno para que sea motivador, estimulante y apetecible... ese es el objetivo de observar.

En cuanto a las actividades, no necesitamos grandes inversiones ni rompernos la cabeza. A los niños les gusta jugar y explorar con lo que les rodea, y ¿qué mejor que contribuir al desarrollo de su imaginación reutilizando los materiales de casa?. Por ejemplo, que le gustan los coches, pues con una garrafa podemos fabricar uno... que le gustan los animales, también con una garrafa podemos fabricarlo... También contribuimos al desarrollo de la creatividad: la de ellos y también la nuestra.

Si el niño descubre que sabemos y respetamos sus gustos, que le hemos observado y que puede disfrutar de las cosas que le gusta, estará muy feliz, se sentirá querido, forjará una buena autoestima... y todo ello contribuirá al desarrollo de una personalidad equilibrada.

Y si volvemos al principio de este texto, y a lo que el niño va o no aprendiendo, es importante recordar que cada niño tiene su propio ritmo y que debemos respetarlo, pero también es cierto que cuando un niño se implica en una actividad o juego que parte de sus propios intereses cada día quiere conocer más cosas, descubrirlas... surgen las preguntas, los "¿por qué pasa esto?", y además todo lo que aprende lo aprende de manera significativa, desde su propia experiencia, disfrutando, jugando... siendo feliz.